La Morfina es una droga blanda. 1. Primer día

Martes, 23/10/2018

 * Introducción 

   Me enamoro /Me olvido/ Me vuelvo a enamorar.

Un verso libre para una canción que aún no he escrito. Podría llamarse “El Molino”. Tres frases de estribillo, firmes como aspas.

Enamorarme y olvidarme de mí. Olvidarse… como hacía ella, mi madre, conmigo. Como hacía mi madre con ella misma. Como haría yo luego con las dos. El olvido rima conmigo.

   Perdonar, olvidar eran verbos que me enseñaron a conjugar desde pequeña. Ella lo hacía cada día. Recordar no. Cuando ya estaba muy enferma, a un mes de su muerte, comencé a escribir pequeños bocetos de su estructura, sin más objeto que el recuerdo, como fotografías adornadas en mi imaginación. Era mi última oportunidad de mirarla, de lograr comprenderla. Y cuando se fue, empecé a escribir sobre mí, sobre mi vida hasta su muerte, mi vida yonki del olvido de mi persona, mi vida esclava de la búsqueda voraz de una otredad que me devolviera algún reflejo vago de mi identidad.

 

  Un Molino llamado Olvido (Poemita para el “Después”)

  El olvido erosiona.

Tanto como erosiona a la piedra el mar.

Dicen que el amor y el mar se parecen…

al mar-orilla será… ese mar que tocas,

y a veces refresca, otras enfría.

Ese que empuja y golpea cuando hay bandera roja,

O se pone violento en un temporal,

y te chupa, te vuelve a chupar,

y te puede incluso llegar a matar…

   El mar-orilla, que sube hasta el límite,

llevándose por delante ropas y sombrillas,

pero luego vuelve a bajar, te presta su arena, te invita a pasear…

La orilla a veces sucia del mar…que escupe plástico,

botellas rotas ….y algunas otras cosas (que no quiero nombrar),

pero a la vez te da conchas, algas brillantes, caracolas.

Mis pequeños amores-orilla, mis grandes amores-orilla…

siempre en simulacro, temerosos de zarpar.

   Cuando escribo sobre el amor me gusta hacerlo rimar.

En poemas o canciones…me pregunto por qué será.

El amor debe ser otra cosa…no sé si admite rima,

ni si admite un plural, no sé si lo conozco…o lo he olvidado ya…

o sea tal vez todo….tal vez la orilla contenga el mar.

Tal vez…no lo sé…no soy orilla, ni molino ni ola,  ni sé zarpar.

    –Sé parte del mar, hija mía, ama como se ama en alta-mar,

como el héroe, el naúfrago, el marinero, el capitán.

No tengo ninguna hija, lo he dicho al azar,

Ni tampoco es algo que dijera mi madre...

mi madre…¿dónde estará?.

Recuerdos del futuro…

de todo aquello que no está,

que nunca más volverá a estar.

  

   Fui adicta a la euforia…

Lloró la memoria, olvidó la voluntad…

y ahora que recuerdo, desde aquí, desde mi altar,

siento el cuerpo pesado, como cansado de bailar,

y es que el amor se me parece a un viaje exótico y lejano…,

como le decía yo a mi no-hija, siendo la madre que no-está:

“el amor se me parece, hijita mía, a la vida en alta-mar.”

 

   No lo supimos entonces…nos daba miedo mirar.

Lo material nos cegaba brillando en los ojos de los demás.

No lo supimos entonces, no hubo tiempo en la ciudad.

Y es que el olvido, madre…, el Olvido era la enfermedad.

 

 

   Primer día de Morfina.

         

                                                         Badajoz, Agosto 2015

 

 

     No estoy sola. Ella está conmigo, aún está aquí. Me gusta mirarla. Ha adelgazado mucho, se ha vuelto muy pequeña. Nunca la había visto tan tranquila…ni tan bella.

   Me ha leído el whatsapp que le ha enviado mi prima Isabel. Le hablaba de su risa, “la risa más bonita del mundo”, decía.

Lleva un babi verde de algodón áspero que se abre por la espalda. Está sentada sobre la cama, con las piernas dobladas al estilo indio. Parece una adolescente, haciéndome espacio a mí para compartir el colchón de 80. Hemos dejado encendida sólo una de las luces de neón, la suficiente luz fría para iluminar esta habitación de hospital. Es espaciosa, y a su manera, guarda cierta armonía, tan sólo quebrada por dos armarios viejos que se ierguen en las esquinas y por un cubo de basura descomunal que ocupa todo el espacio libre del baño. La silla donde voy a dormir tiene un respaldo abatible. También es verde. La silla es verde, y su respaldo es verde…claro, no es una flor, es una silla, por eso toda ella es verde. Como el babi de ella. Como los árboles, la hierba, algunas verduras frescas… Verde, su color favorito.

    Es sábado,1 de agosto, se respira una paz tremenda aquí. No hace calor. A pesar de que estamos en Badajoz, y el verano en Extremadura es cruel. Me siento a salvo. Aún siento que ella puede protegerme, como si fuese a quitarse de un manotazo las gafas nasales, me cogiese de la mano cantando eso de “ somos flores, somos rosas, somos lindas mariposas”. Y me hiciera brincar.

    Siempre tuvo una risa preciosa, una risa que se queda sonando dentro de ti, acunándote, una risa profunda, llena de vida. Mi madre. Palabras necesarias. Ella es mi madre, pienso mientras observo cómo se ríe. Qué poco he usado yo este posesivo.

nsaje de Isabel es una relaci míunto a ella.y la silla donde yo voy a dormir ujer de una elegancia exquisita,

     Hoy le han dado morfina por primera vez a la hora de la cena. El dolor se ha esfumado de golpe… y ella parece iluminada, más cerca de la Divinidad que de nosotros, dice que está recordando… que la cabeza se le ha llenado de imágenes. Me cuenta cosas como que antes de que naciésemos nos tenía preparada una habitación con una moqueta roja pero que como no se quedaba embarazada, al mirarla cada mes, cuando le venía la regla, se echaba a llorar. “Tendrías que haber cambiado la moqueta, mamá, por una de otro color…verde, por ejemplo.” Lo pienso, no se lo digo. No para de hablar, y yo me siento afortunada por estar aquí con ella y saber que nuestra primera habitación era roja. Ni rosa, ni celeste…qué va, menuda cursilada. Una habitación roja para mi bebé, claro que sí.

    Me cuenta también que tenía un teléfono gondola con un cable muy largo con el que podía hablar por la casa mientras hacía otras cosas, y unas zapatillas rosas con un borlón.

–Un borlón muy grande, ¿sabes?– dice marcando el tamaño con sus manos, como si esto fuese lo más importante. Llora y sonríe, mientras se esfuerza en recuperar los detalles.

    De pronto se queda callada. Me mira con sus ojos aún más grandes de lo habitual y dice que ella se va a dormir, con esa entonación que suele usar cuando quiere quitarle peso a las cosas.

      Se duerme enseguida. Yo no tengo sueño. Juego con el teléfono a mirar fotos de gente que no me importa. Lo apago y observo el aparato, un Iphone 4, mientras imagino el teléfono gondola de mi madre. Cómo cambian las cosas. Siempre andamos aprendiendo a perder… costumbres, objetos…personas… y conociendo lo nuevo. Me gustaría que algo, algo al menos no cambiase…no desapareciera. No tengo ganas de leer, y la silla verde es incómoda. Ella sí podría desaparecer…y no mi madre. La miro dormir y lloro, en silencio. Qué guapa está.

    Hoy le he quitado como todos los días su anillo de casada para darle el masaje, dice que soy su "personal trainer", y al ponérselo de nuevo, como ha adelgazado tanto, me he confundido y se lo he colocado en el dedo corazón.

    –En ese no, en el anular, apréndelo bien, hija mía– me ha dicho sorprendida por mi confusión.

    –Ya lo sé mamá, me equivoqué– le digo disculpándome.    

   –Vamos a repasar, a ver– dice divertida, y empieza por el índice, al llegar al pulgar se queda callada –¿Y este, hija, cómo se llama?.

     No se acuerda….yo me quedo muda ante su pregunta.

    –No sé –le miento. Porque no importa, el pulgar ella apenas lo usa. Es el dedo menos bello.

    Continúo masajeando sus piernas, veo cómo entorna los ojos, entregándose a mis manos.

   –Olvídate del periodista ese, eh, es un cretino, ¿no le habrás contestado, ¿no? –dice de pronto. 

    –No, claro que no, que le den – le miento de nuevo.

­–Muy bien hecho, es un tío raro.

 

 

 

     

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